Sí, Pinda sigue viva. A ratos lo dudo, pero no es por Mala Idea, sino por la maldita tesina que debería estar escribiendo en estos instantes... quien me mandaría a mí hacer un máster. En fin.
Pero cierto es que desde que Mala Idea no es simplemente una idea, mi nivel de actividad bloguera casi ha muerto. Y es que no tiene wifi en su casa (estoy empezando una labor suave de convencimiento...) y dado que me paso allí unas cuantas horas, la verdad es que tengo esto abandonado. Pero tras más de un mes sin actualizar, voy a intentar enmendar mis errores y procuraré no seguir con este nivel de muerte electrónica...
A todo esto, Mala Idea ha cruzado el charco para unos cuantos días. Ya está a punto de volver, pero se me sigue haciendo raro. Y no sé porqué llevo unos pocos días recordando una y otra vez lo que nos pasó el otro día en el aeropuerto cuando la fui a llevar. Subíamos hacia la zona de facturación y nos estábamos besando. Quien me conozca ya sabe de mis demostraciones de afecto en público, que tienden a ser más bien discretas. Pues un chico que iba por la otra cinta, la de bajada, dijo: "Qué vergüenza". No gritó, ni mucho menos, pero le oímos claramente. Mala Idea dice que le miró con una sonrisa y que él le sonrió también. No sé, pero a mí me sigue provocando algo por dentro. Es cierto que estamos mucho mejor que en otros países, ¡años luz! pero sigue habiendo tanta homofobia disfrazada... Qué no, qué no hay que hacer un mundo de la pequeña anécdota. En ningún momento me sentí amenazada, ni en peligro, ni atacada siquiera. Pero de alguna manera me resultó muy humillante ese comentario, audible para todos los que estaban a nuestro alrededor y para nosotras dos.
Y esta pequeña anécdota me recuerda a las veces que, paseando de la mano con Mala Idea, nos reímos luego al comentar "uy, pues la cara que ha puesto esa señora al vernos...", o "aquella chica nos ha mirado como con complicidad... si es que entiende seguro" o cosas así. Y nos lo solemos tomar con humor, incluso aquella vez que a la guiri aquella se le notaba la cara de espanto a tres quilómetros a la redonda. O aquel tipo que se giró sin disimular para mirarnos. O...
Y esto me hace pensar que no siempre tengo ganas de hacer de mi vida, de mi expresión natural, una reivindicación constante. Creo en la reivindicación, pero me gustaría que fuera una opción. Y a veces me canso. Y por eso reivindico la bondad de las zonas de tranquilidad, es decir, los bares, barrios, comercios, etc. de ambiente, porque no siempre nos tiene que apetecer que nos miren por darnos la mano.